5. Amnesia

¿Amnesia o resignificación?

En el capítulo 37 del libro del Génesis nos cuentan una de las historias más conocidas de la Biblia, en la que un grupo de hermanos movidos por una gran envidia intentan deshacerse de José, el menor de sus hermanos, porque creían que su padre lo prefería a él por encima de ellos y, después de pensar en matarlo, al final terminan vendiéndolo como esclavo a una caravana que pasaba por aquel lugar rumbo a Egipto.

En los siguientes siete capítulos el autor nos cuenta todo lo que José pasó en su camino a Egipto y durante los primeros años que vivió allí, cómo después de varios años, pudo ganarse la confianza de su amo, y posteriormente, del faraón, que incluso lo convirtió en administrador de los recursos del imperio en la época en que pasaban una gran hambruna.

En medio de esta gran escasez de alimento, agua y provisiones, los hermanos de José no tuvieron más alternativa que recurrir al faraón de Egipto para suplicar ayuda al administrador del imperio sin saber que era el mismo a quien ellos maltrataron, lanzaron a un pozo, le quitaron su túnica, la llenaron de sangre de animales para hacerle creer a su padre que había sido devorado por alguna fiera y que, finalmente, vendieron a la caravana.

En el capítulo 45 nos cuentan que José se da a conocer delante de sus hermanos y les cuenta todo lo que ha vivido en Egipto y cómo Dios ha usado todas las desgracias que vivió por culpa de la envidia de ellos para hacerle bien a tanta gente como administrador del imperio.

La escena es muy bella porque el autor sagrado dice que José mandó sacar a todos los que estaban en ese recinto y quedándose a solas con sus hermanos les contó su historia y, al final de la narración, se echó a llorar sobre el cuello de sus hermanos y mandó a traer a su padre Jacob para que supiera que estaba vivo, y para garantizar la supervivencia de toda su familia en medio de esa gran hambruna que amenazaba con matarlos a todos.

 

Creo que esta narración nos da algunas claves muy interesantes para ayudarnos a profundizar en lo que respecta a la reconciliación. Te invito a que me acompañes a plantear un sencillo itinerario para sanar nuestro corazón y nuestros recuerdos de las cosas que nos han hecho y que no nos dejan vivir en libertad hoy.

Miremos lo que dice el texto en algunos versículos del capítulo 45 para resaltar ciertos detalles significativos de este camino de reconciliación:

José dijo a sus hermanos: «Vamos, acérquense a mí.» Se acercaron, y él continuó: «Yo soy su hermano José, a quien ustedes vendieron a los egipcios”. Quiero llamar la atención sobre dos aspectos: el primero es la necesidad de acercarse, es decir, de estar dispuestos a tender puentes para acortar las distancias que las heridas habían abierto. Siempre habrá razones para estar lejos de quienes nos han hecho daño, pero sólo al decidir acercarse se puede comenzar un camino de reconciliación.

El segundo aspecto es ver a José que se les presenta como su hermano. No hay odio ni rencor en esa declaración, por el contrario, él restablece la relación que había con ellos hasta antes del momento en que lo vendieron como esclavo y, aunque podría tratarlos ahora como un gobernador a sus súbditos, hacerles sentir todo el peso de la venganza, elige seguir viéndolos y tratarlos como uno de ellos.

Préstale atención a los versos que vienen a continuación:

Pero, por favor, no se aflijan ni se enojen con ustedes mismos por haberme vendido, pues Dios me mandó antes que a ustedes para salvar vidas. Ya van dos años de hambre en el país, y todavía durante cinco años más no se cosechará nada, aunque se siembre. Pero Dios me envió antes que a ustedes para hacer que les queden descendientes sobre la tierra, y para salvarles la vida de una manera extraordinaria. Así que fue Dios quien me mandó a este lugar, y no ustedes; él me ha puesto como consejero del faraón y amo de toda su casa, y como gobernador de todo Egipto”.

El tercer paso en este camino de la reconciliación es la resignificación. José ha sido capaz de ver en las terribles y malvadas acciones de sus hermanos cuando lo lanzaron al pozo y luego lo vendieron, una manera misteriosa en la que Dios se aprovechó de esas decisiones humanas para escribir su historia de salvación en beneficio de él y, maravillosamente, también para rescatar a los suyos.

¡Qué bueno sería que le pidieras a Dios la capacidad de descubrir que él mismo te ha moldeado y sostenido en tu camino a través de todos los momentos tristes y las dificultades de la vida! Ten claro que la verdadera sanación de un recuerdo doloroso no es olvidar lo que viviste, no es amnesia, sino que puedas recordar en paz, es decir, que puedas ver en lo sucedido elementos de crecimiento, maduración y aprendizaje que te hagan valorar en medio de lo vivido, que eso hoy puede ser de provecho para ti y especialmente que puedas aportarle a otros que hoy pasan por lo mismo. Si aquello tan doloroso que viviste no te hace más empático, solidaria, inclusiva o acogedor con los que hoy pasan por lo mismo, entonces aun no has tenido un verdadero encuentro con Dios ni una sanación en ese aspecto de tu vida.

José no los eximió de lo que le hicieron, no les dijo “hagamos como si nada hubiera sucedido”. ¡No!, ¡Reconciliarse no es tratar de que el agresor sienta que no ha pasado nada o que puede seguir haciendo daño y todo estará bien, ni más faltaba! Reconciliarse es manifestar lo sucedido: “ustedes me vendieron como esclavo”, pero he sido capaz de ver en eso cosas más grandes, es decir, ya no los trato a ustedes como culpables, ni a mí mismo como una víctima.

Finalmente, en los versos 14 y 15 dice lo siguiente:

Y echándose al cuello de su hermano Benjamín, lloró; también Benjamín lloraba sobre el cuello de José. Luego besó a todos sus hermanos, llorando sobre ellos; después de lo cual sus hermanos estuvieron conversando con él”. Es hermoso ver que abrazarse y llorar juntos es benéfico para todos porque permite que se expresen los sentimientos y se pueda dialogar sobre lo vivido para tomar las acciones pertinentes que llevan a los involucrados en la reconstrucción de la relación.

Le pido a Dios que si tú que me estás leyendo en este momento sientes que hay situaciones de tu vida que aun no han sido sanadas, busques la ayuda terapeútica y también espiritual para atender esa parte de tu historia que, sin duda el Señor quiere sanar.

Es urgente que tomes las decisiones pertinentes para reconciliarte con aquellos que te han hecho daño, y que por la paz de tu corazón, puedas transformar ese odio, rencor, deseo de venganza o dolor que sientes, en caminos de esperanza y aprendizajes para ti y para los tuyos.

Gracias por leerme “entre líneas” y permitirme acompañarte en este tiempo.

Te abrazo en la distancia.

Pacho Bermeo

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Analfabetismo emocional

Cuando yo vivía con mis abuelos y mis tíos maternos, sentarse a almorzar parecía casi un ritual en donde cada uno tenía su puesto fijo en la mesa, se comenzaba a comer a una hora exacta con mucha exactitud, todos comíamos lo que había y nadie pedía “a la carta”,  ya que mi abuelo era un hombre serio, estricto y un poco rígido.

Recuerdo que en una ocasión, ya sentados en la mesa para un almuerzo, mi tía -la menor de las hijas de mis abuelos-, llegó unos minutos tarde; saludó, y le dio un beso en la frente a mi abuelo; él, sin mirarla, siguió comiendo… Yo tenía siete u ocho años y al ver eso, con “la prudencia” propia de un niño, le digo a mi abuelo, delante de todos: “¿abuelito, sumercé por qué no da besos ni abrazos ni caricias?” a lo que él respondió rápidamente “porque eso no sirve para nada”. Te imaginarás el silencio de funeral que irrumpió en ese almuerzo, convirtiéndolo en el más rápido de la historia…

Años después, cuando fui creciendo, traté de comprender por qué mi abuelo era así de hosco y de huraño. Entendí que quedó huérfano de madre siendo un pequeño niño en el campo y, por ser el único varón en medio de sus cinco hermanas, tuvo que hacerse cargo de sacarlas a ellas adelante, privándose de muchas cosas y teniendo que convertirse en un adulto sin haber sido un niño, un adolescente o un joven “normal”.

Más o menos veinte años después de la escena del almuerzo que te he contado, un domingo por la tarde, mi tía, la misma de aquel episodio, llegó a visitar a mi abuelo, que estaba reducido a una silla en su habitación después de haber pasado por un par de cirugías de corazón, sufriendo los dolores de una osteoporosis que le había pulverizado varias costillas y ahora permanecía conectado casi veinte horas diarias a una máquina que producía oxígeno.

Como a las 6 p.m. mi tía se despide porque va a regresar a su casa, entonces, le dan un beso a mi abuela y desde el umbral de la puerta con la mano se despiden de mi abuelo; pero él, sacando una mano de debajo de su ruana se quita la máscara de oxígeno y le dice a ella “Mija, ¿y mi beso?”.

Recuerdo ese día como si acabara de suceder… Ella se devuelve, le da un beso y se va. Cuando quedamos mi abuelo y yo solos, aproveché para conversar con él y le recordé la escena de aquel almuerzo veinte años atrás.

Cuando le pregunté acerca de qué era lo que había cambiado desde aquella vez en que me respondió que “eso no servía para nada” hasta ese momento, me dijo lo siguiente: “Mijo, tengo que estar reducido en esta silla, sin poder moverme por mí mismo, respirando este oxígeno, con estos dolores infernales, para darme cuenta de que la plata en el banco, la finca, los viajes, y el prestigio que he tenido en mi profesión, no se comparan con un beso de mis hijos y mis nietos para entender lo que de verdad vale en la vida”.

Ese día comprendí un poco mejor, que el mandato que Jesús nos dejó en el evangelio de san Juan fue: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros” (Cf. Jn 13,34).

Mi abuelo entendió, en medio de muchos dolores, medicamentos y limitaciones físicas que había invertido su vida en conseguir títulos profesionales y especializaciones, dinero, bienes materiales, viajes y muchas cosas que, después de haberlas disfrutado honesta y sanamente, no eran lo esencial que le daba sentido a la existencia.

Sin lugar a dudas, hoy tengo la certeza de que mi abuelo, al igual que muchísima gente que he conocido a lo largo de mi vida, sufrió durante buena parte de su historia de una terrible enfermedad, que es más dolorosa que todo lo que él padeció al final de su camino: analfabetismo emocional. Él había garantizado el sustento material para toda su familia, estabilidad económica para su esposa, estudio para sus hijos, etc., pero, al final de sus días se dio cuenta de que eso había estado bien, pero no era tan importante como el beso, el abrazo y el amor de quienes lo rodeaban.

Deseo que revises si tú también estás padeciendo de esta triste y común enfermedad, es decir, si no sabes expresar el amor y el cariño a los que te rodean, y si es así, ojalá no te permitas llegar a situaciones límite de enfermedad o algún accidente que te lleven, ahí sí, a redireccionar tu manera de relacionarte con los que están a tu alrededor.

Conozco muchos casos de personas que perdieron a seres queridos en este tiempo de pandemia o por algún accidente y que se han quedado con el dolor y el remordimiento de no haberles pedido perdón o decirles cuánto los amaban. Creo que puedes aprovechar el milagro de estar viv@ para acercarte, superar la vergüenza y expresar lo que sientes en tu corazón hacia aquellos que están a la distancia de una llamada.

El mandamiento de Jesús es amar; y eso se debe traducir en acciones concretas que evidencien el amor que seguramente sientes por los de tu entorno, pero ahora hay que manifestarlo con palabras y gestos concretos. Es hora de volver al beso, al abrazo, a la caricia, a mirar a los ojos, a decir TE AMO, porque no basta con decir “Te quiero”. Es tiempo de amar como el otro necesita ser amado y no solamente como a cada uno le de la gana de  hacerlo.

No olvides lo que dice 1Jn 4,20 que si alguno dice que ama a Dios a quien no ve y no ama al ser humano al que sí ve, es un mentiroso… Dejemos de vivir como mentirosos que aparecemos como personas piadosas y religiosas porque asistimos a infinidad de celebraciones sacramentales, espirituales y reuniones comunitarias, pero en la vida diaria actuamos como ateos prácticos, en donde somos hábiles para las acciones de fe o de culto, pero incapaces de ser mejores seres humanos a la manera de Jesús.